Todas las amistades surgen de la semejanza de costumbres, en donde el tiempo es una invitación a escribir. Hoy, se conmemora el 13º- aniversario luctuoso del profesor y economista Alejandro Cervantes Delgado, un caballero de la política, hombre decente, con quien tuve una relación formal, seria, no de gran intimidad pero cordial. Nació el 24 de enero de 1926 en Chilpancingo, el pequeño avispero, y murió el 17 de septiembre del 2000 en esta ciudad.
Quienes me conocen saben que no soy proclive a las loas ni a los panegíricos, por lo que si en esta ocasión me pronuncio favorablemente sobre alguien es porque realmente me siento justificado en hacerlo. Estas líneas no tienen otro objetivo que el de ser un testimonio respetuoso y sentido por la memoria de quien podemos afirmar algo que ciertamente no podemos decir de muchos otros personajes de nuestro medio político, a saber, que fue un hombre bueno y sobre todo honrado.
Lo conocí en la Ciudad de México, por razones académicas, no por inquietud política, cuando hacia preparativos para su campaña por la gubernatura del Estado. Entonces yo dirigía el Departamento de Economía en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales “Acatlán” de la UNAM y no estaba en mis planes regresar a Guerrero. En un hotel de Reforma e Insurgentes conocí a quienes trabajarían a su lado: Abelardo Camacho Claudeville, Rene Juárez Cisneros, Ernesto Sandoval Cervantes, Ángel Aguirre Rivero, Juan Salgado Tenorio éstos últimos sin concluir su licenciatura; Jorge León Robledo, Humberto Salgado Gómez, Lilia Maldonado Ramírez, Efraín Flores Maldonado, recién titulado como abogado.
Otros vientos me regresaron a estas tierras. Siendo subsecretario de Planeación Educativa en el gobierno de Rene Juárez Cisneros, con el profesor Cervantes, tuvimos un trato cercano, compartiendo alimentos e intercambiando lecturas. Insistía en que le hubiera agradado que colaborara en su gobierno, rasgo que destacaba su educación y concepto de la amistad. “Como amigo soy mejor don Alejandro”, respuesta que le complacía.
Las tardes eran amenas e ilustrativas, reseñaba sus afectos y desafectos, su amistad con el general Cárdenas del Río y su hijo Cuauhtémoc; con José López Portillo y la oportunidad que éste le brindó para ser gobernador.
Sin la urgencia de agendas, con gracia, me platicó de la recomendación que recibió de la esposa del Presidente de la República para designar a un colaborador, que abusó de la confianza y se enriqueció desmedidamente. Desde la trinchera de sus artículos periodísticos hoy combate la corrupción.
Respetuoso de las ideologías y la voluntad popular, como gobernador acudió a la toma de posesión de Othón Salazar Ramírez, comunista y primer alcalde de oposición en Guerrero. Un promotor del gobernador Aguirre aseguraba que, en esta segunda oportunidad, se restablecería el cervantismo. Nada más lejano. Aparte de la honestidad, el respeto a los demás y la sencillez, don Alejando fue un hombre vertical, sin más riqueza que su honradez, singular dote.
Nunca estuvo en pos de seguidores irracionales. Con menos ruido y más sustancia, formó a muchos jóvenes que años después destacaron en la política. Integró corrientes críticas, pero bajo ningún argumento exploró la posibilidad de romper con su partido.
Fue un hombre de lealtades. Con el entusiasmo de quien empieza a vivir, disfrutó su soledad y sobrellevó el abandono y la ingratitud, entregándose a la redacción de apuntes que, con el auxilio de Manfred Camero Navarrete, publicó con el título de “Un Guerrero sin Violencia”.
Generoso en el consejo, siempre con franqueza pero sin acritud. De ingenio agudo y profundo, lo definían sus amigos entrañables Edmundo Moyo Porras, Carlos Adame Camacho, Fausto Jiménez Ramos y Héctor Ramírez Acevedo.
Al igual que Marco Tulio Cicerón, “yo, a la verdad, de cuantas cosas me ha dado la fortuna o la naturaleza, ninguna tengo que pueda comparar con la amistad”.
aresza2@hotmail.com

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