15 de agosto de 2010

Juventud Sin Oportunidades

El Día Mundial de la Juventud se vio empañado por la gravedad de los problemas que enfrentan, sobre todo el desempleo y la cancelación de oportunidades para seguir estudiando en numerosas zonas del planeta.

El rostro de América Latina es joven. El 19.5 por ciento de su población tiene entre 15 y 24 años, un índice solamente superado por África (un 20.3 por ciento), y es la única región del mundo cuya juventud experimenta un crecimiento sostenido. Pero su panorama no es alentador. En Iberoamérica (América Latina, España y Portugal) hay cerca de 150 millones de jóvenes, de los que el 45 por ciento –unos 68 millones– están en paro, según un estudio de la Organización Iberoamericana de la Juventud (OIJ). Unos 105 millones están en América Latina. “Los jóvenes son invisibles para la sociedad”, asegura el chileno Eugenio Ravinet, presidente de la OIJ. “Salvo contadas excepciones, no existen políticas sociales dirigidas específicamente a ellos”.

En su Informe Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2010, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que a finales de 2009, de los 620 millones de jóvenes económicamente activos entre 15 y 24 a nivel mundial, 81 millones estaban desempleados –el número más alto en su historia. Esto representa 7.8 millones más que en 2007. El Informe agrega que estas tendencias acarrearán importantes consecuencias para los jóvenes a medida que nuevos candidatos que ingresan al mercado laboral se suman a las filas de los desempleados.

La generación mejor formada de la historia, la generación del conocimiento, ve canceladas sus expectativas, ha perdido toda esperanza de trabajar y lograr una vida decente.

En las economías en desarrollo, donde vive 90 por ciento de los jóvenes, la juventud es más vulnerable al desempleo y la pobreza. Según el estudio, en los países de menor ingreso, el impacto de la crisis se traduce en menor cantidad de horas trabajadas y en reducción de salarios para los pocos que pueden mantener un empleo formal. “En los países en desarrollo la crisis domina la vida diaria de los pobres”, afirma el director general de la OIT, Juan Somavia. “El resultado es que la cantidad de jóvenes atrapados en la pobreza laboral ha crecido, y que el círculo de la pobreza laboral persistirá por lo menos otra generación”, agrega.

En México, actualmente existen cerca de 44 millones de jóvenes dentro de la población económicamente activa y se estima que para el año 2020 esta cifra ascenderá a los 64 millones. Por su parte, la tasa de desempleo juvenil en México es significativa, pues el 41.4 por ciento de jóvenes de 15 a 24 años se encuentran desempleados, de los cuales 45.8 por ciento son mujeres, mientras que el 38.3 son hombres. Esta tasa de desempleo juvenil es de las más altas en América Latina: Chile (32.2 por ciento), Ecuador (40.2 por ciento), Uruguay (42 por ciento).

Dato alarmante es la cantidad de jóvenes latinoamericanos que no estudian ni trabajan: uno de cada cuatro, según el Informe de la OIJ y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). “Las consecuencias de una juventud sin oportunidades son muy graves. La incapacidad para encontrar empleo crea una sensación de impotencia e inacción entre los jóvenes que puede conducir a un aumento de la delincuencia, de los problemas de salud mental, de la violencia, los conflictos y el consumo de drogas”, advierte el Informe.

El mayor problema, asegura Ravinet, es el escepticismo ante la juventud. “Se cree que a los jóvenes no les interesa su futuro, que son apáticos, que no desean involucrarse en las decisiones y es mentira. El deseo de un joven es muy simple: tener la oportunidad de estudiar y un empleo; y que su gobierno no lo abandone. Para atender a la juventud no basta con organizar un partido de futbol o un concierto de rock”.

La crisis es una oportunidad para revaluar las políticas y hacer frente a las serias desventajas que enfrentan los jóvenes al entrar al mercado laboral, con estrategias integradas y exhaustivas que combinen políticas educativas y de formación con políticas laborales destinadas a los jóvenes. Es alarmante que existan 7.5 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan. “Necesitamos hacer un enorme esfuerzo en el país, porque las tasas de cobertura de educación no son las que México requiere”, afirmó José Narro, rector de la UNAM, atendiendo los deberes de guía de la juventud que el cargo le impone. Nunca antes en la historia de la UNAM la demanda de aspirantes se había elevado a 314 mil, de los cuales solo se aceptaron 51 mil 500. ¿Cuál será el destino de los jóvenes rechazados en las instituciones de educación superior?

El Estado no puede seguir eludiendo su responsabilidad. Se regenera el tejido social, o nos sepulta la violencia. Un continente que se dedica a las fiestas y alabanzas de su pasado, pero que no es capaz de hacer su presente digno de las glorias que ensalza, no tiene futuro.

8 de agosto de 2010

Saqueo y Violencia

La pobreza en nuestros países tiene una estrecha relación con el saqueo generalizado, desde 1492. Junto a la explotación indígena, tan sólo en los primeros 150 años de conquista, 17 mil toneladas de plata y unas 200 toneladas de oro arribaron a España y potenciaron el incipiente desarrollo comercial, manufacturero y financiero que abrió las puertas a la Revolución Industrial. El saqueo de nuestras economías y la violencia no es nuevo. Situación que explica los insondables abismos que se abren entre los muchos pobres y los pocos ricos de la región.

Sería extenso contar la historia del saqueo de nuestros países y a la vez apuntar el funcionamiento de los mecanismos actuales del despojo, desde los conquistadores en sus carabelas, hasta las elites políticas que gobiernan nuestros países. Recuerdo que hace algunos años, un presidente de Zaire, llamado Mobutu, fue denunciado porque tenía 8 mil millones de dólares depositados en un país de Europa, mientras su pueblo prácticamente moría de hambre.

Sólo en América Latina, en los últimos años, los gobernantes Fernando Collor de Melo, en Brasil; Alberto Fujimori, en Perú; Carlos Andrés Pérez, en Venezuela; Alfonso Portillo, en Guatemala, por cierto egresado de la carrera de derecho de la Universidad Autónoma de Guerrero, quien llegó a la presidencia con la promesa de distribuir la riqueza en el empobrecido país; o Carlos Menem, en Argentina, salieron o fueron perseguidos por haber practicado verdaderos saqueos en los gobiernos que encabezaron.

Sólo para ilustrar el esquema de desvío y lavado de dinero público, el fiscal Preet Bharara, de la Agencia Antidrogas en Manhattan, señaló que el expresidente José López Portillo transfirió a un banco de Miami, Florida, un millón de dólares (de los 2.5 millones donados por la embajada de Taiwan) originalmente destinados a la compra de libros del proyecto Bibliotecas para la Paz. De ahí el dinero fue enviado a México y distribuido en cuentas de la ex esposa del mandatario, María Eugenia Padúa, y a la hija de ambos, Otilia Portillo.

Eso no puede continuar. Algunos de los principales bancos y empresas financieras estadunidenses, entre ellos Wells Fargo, Bank of America, Citigroup, American Express y Western Union, han lucrado durante años con el lavado de fondos provenientes del narcotráfico y sólo pagan multas mínimas, sin que ningún ejecutivo sea encarcelado cuando las autoridades logran detectar el negocio ilícito.

En el caso de Wachovia Corp, antes el sexto banco de Estados Unidos, comprado por Wells Fargo en 2008, y que ahora fusionado es el banco con mas sucursales en Estados Unidos, admitió ante un tribunal que Wachovia no vigiló ni informó sobre actividades sospechosas de lavado de dinero por narcotraficantes, incluyendo fondos para la compra de por lo menos cuatro aviones en Estados Unidos, que transportaron un total de 22 toneladas de cocaína.

La misma institución bancaria norteamericana admitió que no hizo lo suficiente para detectar fondos ilícitos por más de 378.4 mil millones de dólares en sus negocios con casas de cambio mexicanas entre mayo de 2004 y mayo de 2007.

La fragrante desatención de las instituciones bancarias otorga una virtual carta blanca a los carteles internacionales de la cocaína para financiar sus operaciones. Se calcula que casi 30 mil millones de dólares en efectivo se mueven en la frontera mexicana con Estados Unidos y una parte de esos recursos son lavados en bancos de ambos países, desde donde los fondos son trasladados por todo el sistema financiero internacional.

Si los países ricos quieren realmente contribuir a resolver los problemas de los países pobres, que no acepten el dinero del narcotráfico ni el de los funcionarios de países donde se practican verdaderos saqueos. Que devuelvan ese dinero para ayudar a los pobres. Aunque “sería curioso que del seno mismo de donde nos viene el mal, naciese también el remedio”, proféticamente sentenciaba, hace más de un siglo, un canciller latinoamericano.

“Si uno no ve la correlación entre el lavado de dinero por los bancos y las 28 mil personas asesinadas en México durante este sexenio, no entiende el punto”, admitió Martin Woods, ex director de la Unidad Antilavado de dinero de Wachovia en Londres.

Ésta es la infinita cadena de violencia y la historia de nuestro atraso. Nuestra derrota estuvo y estará siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza alimenta la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. No podemos seguir creyendo en este desarrollo que solo desarrolla la desigualdad. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás; por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será.

1 de agosto de 2010

Reconciliar Puntos de Vista

La democracia no es solamente, como frecuentemente se dice, el gobierno de la mayoría (las dictaduras de Stalin y Mussolini también fueron respaldadas por la mayoría); por el contrario, la democracia es el sistema que se destaca por respetar a las minorías. Consenso y disenso forman parte sustancial de ese régimen político. Bobbio acostumbraba preguntar ¿qué vale el consenso allí donde el disenso está prohibido?

En la dinámica propia de la democracia, en donde debe haber un contacto permanente entre la mayoría y las minorías para alcanzar acuerdos, juegan un papel fundamental el diálogo y la tolerancia; eso excluye los extremismos.

Éste es tema siempre de actualidad en los procesos internos que celebra el Partido de la Revolución Democrática, tema que en no pocos casos, ante la imposibilidad de procesar sus diferencias le ha llevado a descalabros electorales. Se lleva años haciendo lo mismo y la lección de cada elección aún no se aprende. Aunque esas diferencias se presenten como irreconciliables, es mejor para el partido discutirlas, debatirlas, sin insultos ni descalificaciones, preludio de una condena al fuego eterno. La intolerancia desnaturaliza la democracia.

Que el método tenga el propósito de levantar una candidatura, no liquidar adversarios ni enterrar la democracia.

No enarbolo una idea religiosa de los partidos. Son entes históricos. Pero tengo la convicción que el PRD, con todos sus defectos, constituye todavía una pieza valiosa para reconstituir fuerza y cultura de izquierda en México. La fuerza política no servirá de mucho si no va acompañada de propuestas unitarias.

Sin ser una carrera contra reloj, hay cierta urgencia, son los momentos de una pedagogía democrática para construir un proyecto popular, amplio y democrático. Es competencia por objetivos. Corresponde explicitar las urgencias, sin caer en impaciencias.

Después de los fracasos electorales todos concuerdan en que se requieren los votos de los grupos y liderazgos excluidos. Por razones de principios y no simplemente electorales lo hemos venido subrayando.

Si el pacto político suscrito por cinco de los seis aspirantes y los acuerdos del Consejo Estatal perredista trastocan la legalidad de los procedimientos contemplados en los estatutos del partido es recomendable su reposición a una ruptura que le lleve desde ahora a la derrota. Tampoco es válido “jalar pal monte” enarbolando las “Tablas de Moisés”. En política siempre hay opciones para generar nuevas formas de convivencia. Ésta es una buena oportunidad para demostrar a la sociedad que en el PRD existe un poco de congruencia. Es tiempo de generar la autocrítica necesaria para enmendar yerros, desterrar vicios y construir propuestas. En esta hora es más relevante y urgente que nunca acometer la tarea de reinstalar una izquierda unificada.

No creo equivocarme al afirmar, por ser una historia conocida, que el mayor desafío del PRD es la elección de su candidato a la gubernatura del estado. Frente a este desafío, habrá que enarbolar, una vez más, las tesis de la democracia acuñadas por Norberto Bobbio, que defienden la pluralidad, la tolerancia, el respeto a aquellos que piensan distinto, el civilismo. Entonces, es positivo que existan ideas para debatir, más allá si a uno le gustan 100 por ciento o no. Es posible que la inconformidad de un aspirante resulte agria y parezca interminable, pero de ahí a la herejía hay un buen trecho.

Para participar en competencias fraticidas, entre pequeños fragmentos, nadie debe estar disponible. ¿Es necesario recordar los resultados de esas luchas internas en el plano constitucional?

Si en el PRD sus procesos internos han topado con ánimos encontrados, la construcción de un proyecto democrático y popular exige de los grupos y corrientes reconciliar sus puntos de vista y no excluir los veneros históricos y sociales que les han dado vida; tejer nuevos entendimientos, más amplios y comprensivos, con base histórica y con espacio para los nuevos grupos y miradas. Es un punteo programático básico para que avance el movimiento popular, tenga flexibilidad aliancista y posibilidades reales de triunfo.

Se debe llegar con todos y a tiempo. Ésta es una gran ocasión para hacer del proceso interno un momento de síntesis y transformación; construir una presencia insoslayable de la izquierda y construir organización social. La fuerza política no servirá de mucho si no se acompaña de fuerza social, de pequeñas o grandes organizaciones que permanezcan en la base cuando el perfume de las elecciones se extinga y quede siempre allí el de la lucha de todos los días por una sociedad justa.

Guerrero exige una izquierda que sea tal, que supere el debate estéril. Que en el diálogo y la tolerancia se amalgame el acuerdo. ¿Será capaz el partido del sol azteca de contar con los mapas y la brújula adecuada para marcar o seguir la ruta justa? 

Para terminar sólo quiero subrayar que el PRD es una organización gestada en proyectos colectivos, no en apuestas individuales. 

25 de julio de 2010

Festejar en medio de la desolación

Hace 100 años, cuando ya estaba en ciernes el estallido social que llevó a una década de contienda armada en distintas regiones del país, el gobierno de Porfirio Díaz “echó la casa por la ventana”, organizando los festejos del centenario de la Independencia que, entre otras cosas, buscaban proyectar la imagen de un México de grandeza, un gobierno fuerte y una economía sana.

Si algo caracterizó al festejo organizado por el gobierno de Porfirio Díaz fue la inauguración de diversas obras y edificios públicos en todo el país, pero sobre todo, la insultante marginación de millones de mexicanos.

Los actos se llevaron a cabo entre el lº de septiembre y el 4 de octubre de 1910, precisamente porque ese día se iniciaba el “mes de la patria” y concluía con esa fecha, porque el 4 de octubre de 1824 se aprobó la Constitución que nos organizaba como “República Democrática, representativa y federal”.
Junto con el centenario de la Independencia, otra fecha se celebraba con discreción: los 80 años de vida de don Porfirio Díaz Mori (nació el 15 de septiembre de 1830 en Oaxaca de Juárez y muere el 2 de julio de 1915, en París, Francia).

El 15 de septiembre de 1810 se inauguró la columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma, obra del arquitecto Antonio Rivas Mercado; en dicha ocasión, el poeta Salvador Díaz Mirón leyó su poema dedicado a Miguel Hidalgo Al buen cura.

También recibió Porfirio Díaz el uniforme de José María Morelos, devuelto de España por el rey Alfonso 13, por conducto del embajador de ese país, presente que Díaz recibió con lágrimas en los ojos, señala la crónica de la época. Ese mismo mes se inauguró, en medio de un ambiente de patria que rendía tributo a sus héroes, el Hemiciclo a Juárez en la Alameda Central. Para continuar la fastuosidad de los festejos, el 22 de septiembre se inauguró la Universidad Nacional de México, fecha en la que el general Díaz fue acompañado por el secretario de Instrucción Pública, don Justo Sierra.

En ese clima de festejos y alabanzas, la fachada de sana economía y estabilidad, la estructura que mantenía en pie al porfiriato estaba a punto de derrumbarse ante el estallido de la revolución, movimiento armado que develaría el verdadero rostro de México, el de un México de obreros sometidos, campesinos desposeídos y millones de analfabetas y pobres.

Díaz se encargó de “inventar” una imagen nacional próspera, aunque dos meses después sobrevino la insurrección del 20 de noviembre.

A un siglo de distancia, la pobreza sigue siendo el mayor problema de la nación, el tema más lacerante de nuestro tiempo. Una culpa histórica porque hunde sus raíces en el pasado y da contenido a la inconformidad actual. ¿Tenemos algo que celebrar? Frente a los problemas que no hemos resuelto, frente a los problemas que nos faltan por resolver, estamos ante el brete que nos obliga a recordar todo lo que pudimos ser.

En este 2010, a diferencia del gobierno de Díaz, la carencia de imaginación y talento se une el despilfarro del dinero de los contribuyentes. Celebremos como un país maduro no como “rico de pueblo” o negociante irresponsable. No podemos exagerar en las fiestas olvidando el sufrimiento de 40 millones de mexicanos que viven en la pobreza.

Debemos ajustarnos a la austeridad republicana, a la medianía cívica de la que habló Juárez y a la que ajustó su vida durante su gobierno. Seamos conscientes de una larga e intensa crisis económica, nos acechan tiempos difíciles también en lo social. No celebremos con obras ostentosas de poca utilidad en medio de la desolación. Dediquemos ese recurso a quienes lo necesitan con urgencia. Celebremos sin excesos. Sin imprudencias.

El hecho de que en tan solo dos años hayan sido nombrados cuatro responsables de los festejos, hace pensar más en un desfile político que en la intención de hacer historia con seriedad y reflexionar sobre los asuntos que los movimientos de Independencia y de la Revolución no alcanzaron a resolver e incluso siguen vigentes en la sociedad mexicana.

Lamentable es que, por eludir una reflexión de fondo, plural, el gobierno se decida por la frivolidad absoluta, que no invita al análisis, sino al dispendio y al repudio. Queda un sensación de improvisación en torno a “algo” que se tiene que celebrar; banalizando lo que se conmemora, restando importancia al hecho histórico.

Es grave el nivel de improvisación de los festejos en algo que amerita ser un proyecto más construido e incluyente. Esto me parece una inconsecuencia del gobierno federal, ya que lo que permitió la llegada del panismo al poder, eso que se conoce como la alternancia democrática, es la estabilidad y las instituciones heredadas de esos grandes movimientos de Independencia, de Reforma y de la Revolución Mexicana. 

18 de julio de 2010

El Reino Político

La política debiera ser una actividad noble, pero cuando se trata del poder por el poder, sin objetivos, se prostituye y se precipita a los bajos fondos. Es cierto que la política no es un asunto de monjes epicurianos –que buscan el placer y evitan el dolor– sino una actividad social que, a veces, exige ensuciarse las manos, por lo que no siempre la ética congenia con el poder; pero la relación de los políticos con la inmoralidad pública, termina eliminando a la política.

Esto es un poco de lo que ha venido ocurriendo en México.

Los partidos políticos son necesarios para la democracia siempre y cuando canalicen las expectativas de los ciudadanos hacia el Estado; por ahora, en nuestra democracia deficiente sólo existe la hegemonía de las plutocracias, las oligarquías y las castas.

El quehacer político en sí, muestra síntomas de decadencia; de una u otra forma, en el fondo la mayoría de los partidos políticos han sido repudiados por los ciudadanos, repudio que se manifiestan especialmente en la abstención, por considerar que todos ellos han sido partícipes de la llamada democracia de los acuerdos que excluye a la soberanía popular.

La política de hoy es manejada por burócratas. La política es una verdadera jaula de hierro weberiana. “El reino político no es un reino de santos. Un político no debe ser un hombre de la ética cristiana verdadera, es decir, la de ofrecer la otra mejilla”, nos dice Max Weber; de ahí que en los partidos las instancias democráticas se han convertido en una burla a los pocos militantes que continúan en ellos. Lo que interesa a las corrientes es dominar la dirección política para poder así repartirse el botín parlamentario y de la administración del Estado. Los partidos están amarrados por un corsé institucional que los obliga a hacer política dentro de los marcos del autoritarismo, de ahí su incapacidad de atraer a los ciudadanos.

¿A qué se debe este deterioro? En primer lugar, los partidos políticos han ido perdiendo la ideología, sólo practican el pragmatismo más ramplón; en segundo lugar, adolecen de militancia activa y únicamente están compuestos por funcionarios; en tercer lugar, son burocracias, como las jaulas de hierro weberianas; los directivos tienen como función primordial el reparto del botín. Hay más mercenarios y condottieris (capitanes de tropa que no están ligados precisamente por lazos patrióticos) que idealistas. Por eso es explicable que en los partidos convivan, sin problema alguno, personajes de los más diversos orígenes y creencias, que hacen muy difícil, para el lego, captar qué los une que no sea la ambición del poder. De ahí la pérdida de una base social que les de sustento.

En toda decadencia lo viejo se niega a morir; los líderes y dirigentes, acostumbrados a manejar al partido les es muy difícil cambiar los hábitos adquiridos por tan largo periodo. Esto es lo que está ocurriendo en México; son consubstancialmente incapaces de cambiar y, así, despertar alguna esperanza a los electores.

En una política banalizada quienes dominan son los profesionales de la política, los de siempre, acompañados de operadores políticos, cuya única capacidad se reduce a reagrupar los liderazgos de siempre, por lo que no es casual que la lucha política se reduce al canibalismo; se trata de aniquilar al rival para conservar o ganar el poder; cada dirigente actúa más en razón de intereses personales y de grupo, que el bien común del partido. “Nadie lucha por lo que no va a ser suyo”. Esto es, “mientras el funcionario profesional vive de la política, el verdadero líder político, el político de gran calibre, vive para la política”.

El caso particular del Partido de la Revolución Democrática, éste no ha dejado de ser adolescente, en el fondo sigue siendo un partido instrumental, que no es ni la sombra de la agrupación revolucionaria soñada por sus fundadores; hoy sólo se trata de humanizar el neoliberalismo y, sobre todo, de convertirse en un partido gobernante que se distribuya los cargos. Ya nada queda del debate que caracterizó a este partido. Si bien hay algunos que mantienen los postulados de izquierda, éstos son rápidamente opacados por el poder burocrático y autoritario de la dirección.

El drama de los partidos no solo está en la dirigencia, sino en el extravío ideológico, pérdida de rumbo, falta real de militantes y burocratismo de sus facciones. Poco se puede esperar de una política tan estrecha como la actual. Estamos muy lejos, lamentablemente, de una redignificación de la política.